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Lo que está por llegar...

- El carisma cofrade debe presidir todo lo que veamos esta tarde de Jueves y esta Madrugada.

Un detalle de las manos del Santísimo Cristo de las Tres Caídas y del romano a caballo que le empuja a seguir su camino en el misterio de esta hermandad, que hoy procesionará. ROMÁN RÍOS

Cuando se acercan las tinieblas del ocaso redentor, la Cruz vuelve a ser protagonista indiscutible en el discurrir procesional de nuestras Hermandades y Cofradías. Los días en los que hacemos el recorrido pasional de Cristo transcurren con irremediable celeridad, evocando quizás esos momentos de la Cuaresma, que muchas veces como vísperas se viven con mayor intensidad si cabe.
Pero hoy, Jueves Santo, cruzando el ecuador de la semana, el encuentro resulta inexcusable con la cruceta que soporta el peso de nuestros pecados; Cruz al hombro del que vino a redimirnos; Cruz encastrada en el monte Calvario de la que pende el que todo lo puede. El Divino Salvador nos ofrece su cara más triste por ser tal vez la más humana - la debilidad- pero también la más alentadora para el cristiano. Frente al sufrimiento por la muerte, la esperanza de la vida eterna. Frente a la angustia y el dolor contrito la paz del alma y el perdón del pecado. La misericordia de Dios, esa que tan presente debemos tener en lo que hacemos, en lo que pensamos y en lo que decimos, hoy más que nunca sale a nuestro encuentro por las calles de la Isla. Dios Todopoderoso se apiada de nuestros corazones, y cuando expira, lo hace solo por nosotros en clara referencia a la voluntad del Padre. Murió en la simpleza de la condición humana, y resucitó al tercer día como Hijo de Dios.
Poco a poco irán transcurriendo las horas, y a través de ellas la catequesis plástica del Jueves Santo nos conducirá a una nueva Madrugada. Y Jesús Nazareno iniciará su particular Via Crucis por las calles de este rincón del Sur en el que recaló y tuvo a bien empadronarse hace ya casi doscientos cincuenta años. Vendrán saetas, vendrán mecíos y sones musicales. Vendrán ríos de devotos de aquí y de allá, todos con plegarias, promesas e ilusiones por cumplir, y también agradecimientos por las dichas concedidas. Estarán los de siempre, y faltarán los que se fueron, que no obstante siempre estarán muy presentes.
Este año el Jueves Santo y la Madrugada tendrán espectadores de excepción desde el palco de la Carrera Celestial. El añorado Alfonso Berraquero, escultor e imaginero sin igual, que dejara su impronta también en la talla de Nuestro Padre Jesús de la Misericordia; el cofrade con mayúsculas Manuel Moreno que más allá de su devoción a ese Cristo misericordioso y a su divina Madre de la Piedad, fue persona buena y entregada por los que más sufren, por los que más necesitan, por los que más cerca están del Reino de Dios. Recordaremos en la Madrugada a José Moreno, quien tras muchos años de carga sacrificada bajo los palos inició una nueva etapa de compromiso y entrega a los demás como miembro de Junta de Gobierno. Y tendremos muy presentes a todas esas personas que nos acompañan permanentemente en nuestras vidas, la de cada uno de nosotros, pues aunque ya no estén siguen siendo nuestro faro y nuestra guía.
Cuando concluya la Semana Santa y comencemos a vivir el gozo de la Pascua de Resurrección, daremos una mirada atrás y nos quedará el regusto de esos instantes vividos, esas emociones sentidas y seguirá intacta la ilusión; lo que nos mueve a los cofrades para que año tras año la celebración de los misterios pascuales siga encontrando acomodo en una sociedad compleja, presidida por la pérdida de valores morales y en la que la tolerancia muchas veces se da de bruces con la incultura, el egoísmo y el fanatismo.
La Hermandad a la que pertenezco, la de Jesús Nazareno, pronto comenzará a celebrar su CCL Aniversario fundacional. Doscientos cincuenta años de vida de hermandad que transcurren prácticamente parejos a la propia existencia de la ciudad.
El programa de actos conmemorativos promete ser excepcional, pero nada de ello tendrá sentido si no lo afianzamos sobre una sólida cimentación en la convicción de que nuestra presencia en la Iglesia y en la sociedad resultan ser indispensables, más que nunca, para transmitir los valores que corporaciones como las nuestras arrastran en herencia de nuestros mayores: culto público proclamando la fe en Cristo, amor al prójimo y caridad ante la desgracia ajena.
Todo lo que veamos esta tarde de Jueves Santo y esta Madrugada debe estar presidido principalmente por esas notas características propias del carisma de un cofrade, que como cristiano comprometido llama a la puerta de la sociedad que en cada momento histórico le toca vivir para proclamar abiertamente que no puede haber mensaje más envolvente y atractivo que estar con Jesús, vivir como Jesús, morir bajo el amparo de su infinita misericordia y finalmente llegar a la plenitud de la vida eterna.
Fuente: Diario de Cádiz



















































































































































































































































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