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Sevilla y amén. - Sevilla

Alberto García Reyes elevó el pregón a las cimas de la poesía y de la oratoria para dejarlo en el umbral

Cuando Manuel Torre recibía el aliento de los duendes y rompía los cristales de la seguiriya, siempre había alguien que recitaba la letanía de rigor. Señores, después de esto ya no se puede cantar. Una vez lo dijo el mismísimo Antonio Mairena. A uno le entran ganas de decir exactamente lo mismo. Señores, después de lo que ha hecho Alberto García Reyes es inútil seguir escribiendo. Que la Semana Santa se quede muda, o ciega como aquel amigo que lo llevaba a ver al Gran Poder con los ojos de la verdad. Que se callen las calles y que sólo quede el eco, el vacío que provocaba el Majareta -así lo llamó ayer el pregonero- cuando echaba todo el cante por la boca.
Si hubiera que definir la pieza literaria y oratoria que ayer reventó por dentro el Teatro de la Maestranza habría que echar mano de una palabra física y metafísica: el pregón del vacío.Nada tenía sentido después de haber sufrido el ataque al corazón que perpetró el pregonero.Nunca le perdonaré a mi amigo Alberto el sufrimiento que me provocó. Él sabe mejor que yo que el flamenco consiste en eso: en hacer sufrir al que escucha para librarlo de la pena. Y eso fue lo que hizo ayer. Una catarsis en carne viva. Se sentó en la silla vacía de su abuela y allí se puso a cantar con la voz de Tomás. Exactamente con la voz de Tomás. Hubo virguerías de Vallejo, enciclopedismo mairenero, rasguños interiores de Caracol, belleza chaconiana y el metal templado de Pastora. Pero quien estaba allí, sin respirar, ligando los tercios, destrozándonos por dentro, era Tomás Pavón. Sin respirar. Sin más aire que esos oles a media voz que arrancaban sus soleares. Ole…
Fiel a su estilo y a su oficio, el pregonero se quitó los zapatos del chaval nazareno, del niño de pueblo, del periodista de raza que recorre las calles pisando la cera para contarlo con la tinta del ABC. Esos zapatos estaban sucios, llenos de barro, de fatigas. Se abrió el pecho como le hicieron al Cautivo y se los clavó a la altura del corazón. Alberto no escribió con las manos finas del literato que es, del poeta que parió su madre, sino con los zapatos manchados. Como anda el Cautivo por el barrio del Tiro de Línea. Con los pies sucios como los que lucen las mujeres descalzas que lo siguen. Exactamente igual. Por eso nos dolió tanto. Por eso marcó una línea de tiro que a ver quién es el guapo que la cruza. Por eso nos dejó el corazón tan destrozado, tan sangrante como el suyo.
Lo de ayer no fue un pregón. Lo de ayer fue una confesión ante el Gran Poder, una unión de locura imposible entre la Amargura de Triana y la Esperanza de San Juan de la Palma, una ascensión mística a los cielos donde habita la belleza de Pasión, un desangrarse vivo en los sonetos al Cachorro. La poesía alcanzó unos niveles dignos de un Sierra o un Romero Murube, de un Laffón o un Montesinos. Y no exageramos. Poesía de quilates. Nada de ganga. Semana Santa engarzada en oro y marfil de pitones que le rompen la femoral al Niño de la Piedad del Baratillo, con el recuerdo del Faraón en la tarde de los Urquijo. Poesía de la buena, de la que resiste las embestidas del tiempo, de la que analizarán los filólogos cuando llegue la calma. Poesía nacida del pecho que le sangraba, como si fuera un pelícano, después de habérselo abierto para meterse los zapatos del Cautivo en la venera del corazón.
Después de una obertura apabullante que encendió los aplausos para que el humo reventara los detectores de la emoción, el pregón fue ganando altura y profundidad, algo insólito si os atenemos al arrebato que provocó esa ‘salía’ que contenía toda la Semana Santa en el molde de la cofradía en la calle. El pasaje baratillero fue una demostración de valentía. Cualquier pregonero hubiera obviado ese engarce entre la Semana Santa y los toros por miedo al fracaso. Alberto se atornilló al albero y compuso una faena que puso la Maestranza boca bajo. Sin engaños. Con la verdad de la madre eternamente juvenil que supo ver el imaginero que recreó a la Macarena: Quien la creó ya la tenía en su mente infinita cuando ordenó que se hiciera la luz.
Fiel a sus principios y a su origen, este poeta que lleva sangre de Reyes en las palmas de sus manos recitó la Pasión, Muerte y Resurrección del Cristo por soleá. Con las manos de Paco Jarana sacándole todo el jugo flamenco a la marcha de Font de Anta. La soleá le dio la mano al pregonero y lo llevó por las veredas del compás. Memorables. Directas como dardos o saetas. Ese momento fue de una hondura insuperable. Sonaba el Font de Anta más flamenco y recitaba el pregonero como si fuera Augusto Ferrán. Alberto iba como si fuera preso. Detrás caminaba la sombra de sus padres, de su abuela, de la silla vacía. Delante, su pensamiento en forma de bola de cera que sus hijos van heredando y en herencia dejarán.
Para rematar la faena, los ayudados por bajo en San Lorenzo. Ahí nos desgarró el alma. Se confesó ante el Gran Poder por toná. Palo seco. Cuerda seca de maroma que deja sus huellas en el pericardio del que escucha. Encuentro a dos voces: el ruido del hombre y el silencio de Dios. En medio de la noche oscura del alma, el poeta místico se interesó por el estado del Gran Poder, por sus penas y sus pesares, por todo eso que nos parece ajeno cuando vamos a pedirle -egoísmo en estado puro- lo que nos hace falta sin pensar en qué le hace falta a Él.

La Macarena

Quedaba la Macarena, que lo es todo desde la noche de los tiempos. Romance para morirse ante el atril. José en Talavera. Toda la historia de la humanidad resumida en un rostro minúsculo, esdrújulo como el Cisquero exánime y unánime. Cuando creíamos que el estoque había arrasado con el hoyo de las agujas, la declaración de amor a la ciudad. Ahí estuvo gitano y cabal. Como en los cantes de fragua que le dedicó al Señor de la Salud. De Utrera se trajo la voz de la Fernanda. Ecos de Jerez para rendirse ante Sevilla. El Mellizo en la dualidad del hombre ante la ciudad. Aquello no fue grande. Aquello fue. Y punto. Fue como sólo pueden ser los sueños y las quimeras. Esa declaración final la escribió ante sus hijos, que buscarán al padre en esos versos cuando el hombre se entregue definitivamente ante Dios, eje del pregón y de la vida. Entonces su epitafio recogerá la obra de este nazareno sevillano que no llevaba más túnica que la verdad, y que lo resumió todo en dos palabras: Sevilla y amén.
Fuente: ABC

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